Los relatos del trueque cuentero (febrero 2024)

¡Mil gracias! 21 palabras de 21 personas diferentes, que se convirtieron en dos relatos, qué gustazo

Las «palabras semilla» de mis cuentos

Cada cierto tiempo propongo un «trueque cuentero»:  tú me das una palabra, yo te doy un cuento (o varios). Así, a partir de muchas palabras que la gente me confía, yo tengo semillas para escribir. Añade a esto una fecha límite, y ¡voilá! las historias aparecen como surgidas del aire.

En esta edición de febrero de 2024 recibí 21 palabras (la última esta misma mañana), y de ellas surgieron 2 relatos, que te dejo aquí para que los disfrutes. Se pueden citar y compartir, si quieres, siempre diciendo de dónde vienen.

Aquí los tienes:

Doña Teresa Salamanquesa fardaba mucho de su postín.

¡Que sé de historia, que sé de ciencias, que sé de todo un poquitín!

Que un día quiero llegar al cielo, que para eso lo valgo yo,

Buscaré cómo, volar yo quiero, empiezo hoy mismo, que sí señor.

 

Y tras pensarlo un día tras otro, gritó ¡eureka, hay solución!

Con calcetines forró sus patas, con dos azules y dos marrón,

con plumas verdes a ellos pegadas, con cera tibia, se aseguró

de que estas alas volaran alto, que envidia fueran de todo dios

 

Y un mediodía de sol caliente, a todo el mundo ella invitó

para que vieran su nuevo invento, y allí dijeran ¡oh, oh, oh, ooooh! 

 

Pero Teresa Salamanquesa no sabe todo, que no que no

no ha oído nunca hablar de Ícaro, de cómo él se le adelantó

Y con sus alas hechas de cera, al precipicio precipitó

 

Y así la doña, tan presumida, la eternidad conoció a su vez

aquella tarde de sol caliente cuando la cera se derritió

y a su colega de siglos antes, en un segundo allí encontró…

 

(c) Ana María Caro, de Cuentos y Cuenteros

Lo llamaban majareta, le decían que era idiota, que mejor dejara de soñar y se pusiera a currar, que la vida no está para perder el tiempo, que la pasta, que la pasta, que la pasta, que el dinero, que el trabajo, ahhhhh, ¡lo volvían majareta de verdad!

Él se hacía el loco, no les prestaba atención y seguía saliendo, cada mañana muy temprano, casi al amanecer, a buscar caracolas en la playa. Su bicicleta ya sabía hacer el trayecto sola, de tantas veces que lo había transitado, yendo y viniendo, porque las caracolas que encontraba no eran las que él buscaba. Todas le decían cosas, por supuesto, que para eso eran caracolas. Pero ninguna le daba la respuesta que él necesitaba, y por eso volvía una y otra vez.

Un día encontró un ejemplar especialmente grande, tanto que se le ocurrió meter la mano en su interior para ver si su mensaje venía escrito en lugar de cantado, quién sabe, por probar… detrás de la mano se deslizó el brazo y tras él, todo lo demás, hasta el último tornillo de la bici que sabía llegar a la playa. 

Estupefactos, ella y él, volvieron a acoplarse allí donde llegaron. Pronto notaron que, curiosamente, él ya ni siquiera tenía que pedalear, pero no porque el esfuerzo lo hiciera ella, sino porque allí todo se daba así como porque sí, sin pensarlo demasiado, así como vuelan los colibríes. Era como soñar… pero en serio. Con la rara libertad y el delicioso misterio que habitan los sueños, donde todo pasa como si nada. Donde la tan mentada “dualidad cuerpo-mente” de la gente que se dedica a pensar se desdibuja para convertirse en un terreno fértil e infinito e inabarcable, con aroma a petricor por la lluvia que lo refresca y sabor a umami por la tierra que lo alimenta.

Anduvieron un rato y entonces, al doblar por un recodo del camino se dieron casi de bruces con un tipo que les pareció cuanto menos peculiar. Iba vestido con el atuendo típico de los saltimbanquis de circos antiguos, pero su aspecto taciturno y ajado desmentía la idea que tenemos de estos personajes, siempre alegres y multicolores y gráciles y divertidos. 

-¿Qué os pasa? preguntaron a coro él y la bicicleta (no olvidéis que estamos en un sitio libre donde los haya, y que por lo tanto las bicicletas tienen derecho a decir lo que se les antoje, sobre todo las que conocen el camino para llegar a la playa). 

-Me perdí, dijo el personaje

-¿perdón? dijo el chico…

-Que me perdí. Buscaba el número perfecto para ejecutar en el circo de mi abuela, celebrábamos sus 100 años de existencia y yo quería sorprenderla con el mejor número del mundo. Busqué por todas partes, consulté a los mejores saltimbanquis y acróbatas y contadores de fantasías del planeta, pero no conseguía encontrar lo que buscaba.

-Nos suena esa historia, dijeron a dúo los recién llegados. ¿Y qué pasó?

-Que una mañana encontré una caracola gigante en la playa. Pensé, ¿y por qué no preguntarle a ella? Es una caracola, trae consigo cantares marinos, tal vez conozca un número de sirenas y medusas que me sirva como regalo para mi abuela… entonces, al acercar mi oreja a su panza, toda mi cabeza cayó por su cavidad, seguida por supuesto por el resto de mí, con mis colores y mis cascabeles, y me perdí. Hace mucho de aquel día, me temo que la fiesta de la abuela debe haber tenido lugar hace tiempo y que habrá sido triste porque yo no estaba allí con la familia, ni tenía mi número maravilloso.

El chico y la bicicleta guardaron silencio. Un gusanillo se metió entre sus pensamientos (los de ambos a la vez, recordad dónde estamos), empezó a rebuscar entre las circunvoluciones de sus cerebros y, por fin, en el fondo de un profundo surco, la encontró. Un poco ajada como el propio saltimbanqui, pero legible todavía. Era una expresión antigua, sus letras antaño brillantes se habían vuelto sepias y grises tras el paso del tiempo, que les había dado un aplomo tierno: AVRA KEHDABRA. Bajo el sillín de la bici el gusanillo encontró también su traducción del arameo antiguo: “Crearé al hablar”.

Bastó pronunciarla al unísono para que los colores de los cascabeles volvieran a brillar, para que la abuela, la carpa, los payasos y el resto de la familia aparecieran ante sus ojos, dispuestos a ver un nuevo número de circo. Para que una bici vestida con sus mejores galas hiciera las acrobacias más arriesgadas llevando en cada una de sus ruedas a un grácil muchacho, sonriente, ágil y rápido. Para que entre los tres ejecutaran el mejor número del mundo, nunca jamás igualado por nadie. Para que la abuela sonriera feliz, por poder celebrar el centenario de su circo, y por ver, por fin, a su nieto siendo feliz.

(c) Ana María Caro, de Cuentos y Cuenteros

 

Si no alcanzaste a llegar con tu palabra, quédate pendiente del próximo trueque cuentero, lo verás anunciado en mis redes 🙂

 

NO DUDES NI UN MOMENTO EN ESCRIBIRME UN CORREO (cuentosycuenteros@gmail.com) O UN MENSAJE DE WASAP (62673494) SI TIENES ALGUNA DUDA O NECESITAS PREGUNTAR CUALQUIER COSA

 

ME PRESENTO:

Mi nombre es Ana María Caro, y soy CUENTERA

Escribo, adapto y amaso cuentos para contarlos de viva voz, como cuando la gente de la prehistoria se reunía a contar historias alrededor del fuego.

Cuento en bibliotecas y colegios, en librerías y espacios comunitarios, en festivales y maratones, en proyectos solidarios y ONGs.

Cuento siempre que surge la oportunidad de contar. Soy la persona detrás de «Cuentos y Cuenteros»

Me encuentras aquí (mi web), aquí (instagram) y aquí (canal de Telegram)

¡Un abrazo y nos vemos contando!

Gregorio, Arturo y los peces de colores- CuentosyCuenteros.com
Gusano - CuentosyCuenteros.com

¿Quieres estar al día?

Si quieres, dame tu nombre de pila y tu correo, así te aviso de las próximas contadas y actividades de cuentos. No soy nada pesada y nunca jamás le daré tus datos a nadie, que yo también odio a quienes hacen eso tan feo.

3 + 1 =